Alice Munro. Una comarca, un mundo

En una escritora como Alice Munro cohabitan muchas facetas, pero, lo primero que hay que festejar en esta ocasión es que se conceda un Premio Nobel de Literatura a una cuentista, a una mujer, a una mujer vieja y, además, canadiense. Ella no pertenece a ninguna órbita de evidente. No es exótica, no pertenece a un país que esté de moda, es decir, no es de las autoras que, de antemano, piensas que van a ganar un galardón como éste. Con ella gana, básicamente, la gran literatura.

Alice Munro se formó, en gran medida, leyendo textos de mujeres. Descubrió «Cumbres borrascosas» y, eso la lanzó a la pasión por la lectura. Después llegaron Mavis Gallant y Edna O’Brien. También Cheever y Salinger. Y, sobre todo, Chéjov. De hecho, en Canadá se la llama «la Chéjov femenina». Como el gran autor, ella parte de lo cotidiano para llegar a niveles inesperados. Recuerdo un cuento que comienza con una chica probándose un vestido, y a partir de este detalle nimio surge toda la historia. Es decir, a través de los detalles alcanza la esencia, en ese universo minúsculo reside algo que es mucho más amplio.En cierta ocasión le preguntaron qué hubiera ocurrido si se hubiera encontrado con el escritor ruso, y ella respondió: «Se habría enamorado de mí». Luego añadió: «Aunque tal vez no, porque soy una mujer demasiado independiente». Y ésta es una de las características más evidentes de su obra: la independencia de su pensamiento. De hecho, aunque ve el mundo desde una perspectiva de mujer, no es nada convencional en sus apreciaciones, suele ser muy crítica con respecto a los roles tradicionales femeninos. Tuvo que cuidar a una madre enferma, y presenta toda la ambigüedad de esta situación, vista muchas veces como una carga tremenda. También frente a la maternidad siente emociones encontradas, y reconoce que hubiera preferido tener a sus hijas en otro momento de la vida. Una vida difícil, ya que nació en 1931 y que dio a luz por primera vez con 21 años en una sociedad donde las mujeres no estaban emancipadas y ni siquiera existía la píldora. Tampoco recibió ningún apoyo de su medio, ya que venía de una familia con pocos recursos, rural. Su padre arrancaba las pieles a los zorros para venderlas, los medios eran escasos y la responsabilidad de la niña, excesiva. De este mundo aparentemente poco atractivo va a surgir su literatura. Tólstoi decía «pinta tu comarca, y pintarás el mundo». Eso es exactamente lo que ella hace. Como escritora es soberbia, y en ella encontramos una mezcla de un realismo casi tradicional, propio de Di-ckens o Jane Austen, con estructuras muy modernas, experimentales. Trabaja en el límite del cuento y la novela, y utiliza ambos géneros para crear algo absolutamente novedoso. En cuanto a sus historias, a pesar de que parte de pequeños hechos o detalles, siempre sentimos que gravitan sobre el texto los grandes temas de la humanidad: la piedad, la culpa, la presión social, el mal, la relación con los ancestros, la libertad… Todo esto hace de ella una gran escritora. Sus textos, aunque en definitiva, son muy intelectuales, no expulsan al lector normal, que puede acercarse a sus libros y disfrutarlos en una primera lectura, pero que debe aceptar que, para encontrar el sentido completo debe animarse a bucear en las palabras. Munro es una autora para leer y releer, y siempre gana. Es decir, siempre hay algo más, algo que se despliega ante la admiración del lector que descubre hasta qué nivel la literatura puede explicar el mundo, cuestionarlo, sin caer en ningún dogmatismo.

Creo que es una autora de enormes dimensiones porque establece vínculos entre lo masculino y lo femenino, el cuento y la novela, la vanguardia y la tradición, el pensamiento y la ficción. Antes de recibir el Nobel ya tenía en España su pequeño club de fans, entre los que se cuentan Javier Marías y Antonio Muñoz Molina, verdaderos activistas de su obra, pero hace relativamente poco que sus textos, ahora abundantes, son fáciles de encontrar en nuestro país. Si tuviera que decir por qué me gusta, diría que Alice Munro logra algo increíble: conmover con las palabras, hacernos pensar. Me gusta porque experimenta, porque me conmueve. Porque su escritura me produce mucha envidia. Cuando termino alguno de sus cuentos, siento que he vivido una gran experiencia.

Clara OBLIGADO

Para La Razón, Madrid, 11 de octubre de 2013

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