Cómo terminar un cuento, por Clara Obligado

Nunca son sencillos los finales. La tragedia griega lo solucionaba cargándose hasta al guionista, pero nosotros, lectores modernos, pedimos a los finales no verdades concluyentes, sino que nos ayuden a reflexionar. Hay finales que componen un círculo con el arranque; otros que se quedan completamente abiertos; otros que dejan que asome, en las últimas líneas, la sensación de que algo escondido emerge y nos sorprende.

POR CLARA OBLIGADO

“Y fueron felices, y comieron perdices”, así concluyeron, durante siglos, los cuentos, y ese final efectivo, ese toque mágico, daba cuenta del cruce entre ficción y realidad y devolvía, a los que habían entrado en la fábula, a la pálida vida normal. Claro que las perdices devoradas no eran tan felices, cosa que demuestra que narrar es siempre elegir una mirada. En todo caso, es un cierre efectivo, como “y colorín, colorado, este cuento ha terminado” y además implica algo que no es habitual en la vida de todos los días: los buenos triunfan y los malos son castigados.

Entrar y salir de un cuento son dos momentos claves en la vida de un lector y una dura prueba en el oficio de un escritor. De hecho, han fluido cataratas de tinta teorizando sobre el íncipit y el explicit, que son los dos términos que tiene la crítica para mencionar la apertura y el cierre. De alguna manera, todo comienzo incluye su final, lo profetiza. Pensemos, por ejemplo, en esa persona tan encantadora a la que conocimos un día cualquiera, con la que nos tomamos un vino que, ¡ups!, nos volcó encima y que nos tocó pagar porque, justamente ese día, aunque nos había invitado, se había dejado la cartera en casa. Un escritor, o alguien un poco intuitivo, diría que ese íncipit profetiza un final donde, años más tarde, uno se ha hecho cargo de mantener a esa persona absolutamente torpe, que se llevan tu vida por delante.

Leer los signos puede ser una manera de ganar tiempo, o de llegar a un final con más sabiduría, y la literatura tiene, en este sentido, mucho para enseñar. Podrá decirse también que en la vida los finales son impredecibles y confusos, que no se pueden leer con tanta claridad como en un relato. Es cierto. Pero ese es, justamente, el poder consolador de la literatura, que coloca en orden el desorden y que convierte en legible lo que –en la vida misma- era solamente caos y desolación. Experimentamos el final de las cosas cuando leemos un buen cuento, y comprendemos también que las historias, de alguna manera, terminan, aunque sea difícil y confuso determinar cuándo, en ese tiempo continuo que es la marcha del mundo.

Si volvemos a la literatura, podríamos decir que sobre estos finales, que implican mucho más que terminar un cuento, se posicionan los autores de las maneras más variadas. Ricardo Piglia, en su magnífico ensayo Formas breves, propone, en una consoladora síntesis de fórmulas casi matemáticas, distintas estructuras y finales para los textos que estarían sintetizadas por Hemingway, Kafka, Borges y Chéjov. Para Julio Cortázar, un cuento debe ganarnos por KO, dejando que asome, en sus últimas líneas, la sensación de que algo escondido emerge y nos sorprende, y nos sacude, aunque de alguna manera sabíamos que estaba allí. No todos los autores proceden de esta manera. Hay finales redondos, que remiten al comienzo de la historia, como si fueran un círculo que gira sobre sí mismos, o finales carverianos, donde un hilo de la narración, que se ha mantenido razonablemente oculto durante todo el relato, emerge y da sentido a todo lo que el autor nos ha contado. Cortázar y Carver han creado escuela, y también tópicos en el género, que llevan al lector moderno a cierto aburrimiento formal.

Si se me permite elegir, prefiero los finales de Flannery O’Connor, siempre un poco misteriosos, donde aparece cifrado un mensaje y una modificación definitiva de los personajes. Doña Flannery lleva el relato al conocimiento de una verdad que no sospechábamos, y ese conocimiento no siempre agradable suele dar cuenta de lo frágiles que somos. Son finales epifánicos, que desvelan algo que intuíamos de alguna manera, pero que no nos atrevíamos a mencionar, porque no es tan fácil asomarse al abismo. De la misma manera actúa Lorrie Moore en algunos de sus magistrales textos, o Alice Munro, que lleva al lector a comprender las paradojas de la vida con sus cierres tantas veces misteriosos.

Claro que el final de un texto tiene que ver con su recorrido. No es lo mismo frenar un avión gigantesco que ha atravesado el mundo que una ligerísima avioneta. De la misma manera, una cosa es un final de microrrelato, donde comienzo y final se devoran, que ponerle la guinda a un texto de Cheever. Qué difícil es, en una buena serie televisiva, por ejemplo, Los soprano, recoger velas, hilos, cadáveres y amores para llegar a la brillante escena final.

En fin, que terminar un texto no es tan sencillo, en realidad, nunca son sencillos los finales. La tragedia griega lo solucionaba cargándose hasta al guionista, pero nosotros, lectores modernos, esperamos que el cuento quede repicando en nuestra memoria, que se nos pida que colaboremos para cerrarlo. Pedimos a los finales no verdades concluyentes, sino que nos ayuden a reflexionar.

La pregunta que encierran es inmensa: ¿nos salvaremos al final? ¿Encontraremos, antes del último aliento, el sentido de nuestras vidas? ¿Entenderemos alguna vez lo que se pierde, lo que desaparece? Quién lo sabe. La literatura es una buena manera de experimentar esta pregunta sin respuesta.

Y colorín colorado, esta historia ha terminado.

Clara Obligado, para “El Asombrario”

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