Pecado, por Jorge Payá (Nuestros cuentos en El Asombrario)

 

PECADO

por JORGE PAYÁ

Al infierno van los pecadores condenados por sus obras.

Y allí es donde se encontraron Sandro, Pedro, Diego, Francisco y Pablo.

Su impureza era compartida, ellos provocaron que el hombre perdiera la presunción de inocencia al mirar a una mujer.

El castigo sería ejemplar.

Para sus críticos, el mundo empeoró con ellos. De hecho, lo que hoy se sufre es, en parte, consecuencia de ese legado.

Sandro es decano, el primero en descender a las tinieblas, de unas pinceladas acabó con diez siglos de decoro femenino. Desde la caída del Imperio Romano hasta el Renacimiento, solo las reinas, las madres o las vírgenes y mártires llegaban al lienzo por su virtuosismo. Y siempre tapadas hasta el ahogo.

Sandro, en su delirio, pintó una Venus como apología de la desnudez, aunque ocultara sus zonas pudendas. Delgada, de cabello largo y rubio, nace saliendo del mar sobre una concha virginal. En esta mujer no se percibe amor carnal ni placer sensual, solo inteligencia y conocimiento puros, Sandro fue fiel al refinamiento de la fémina renacentista. Pero rompió un tabú secular y a su Venus le salieron varias réplicas, cada vez menos platónicas, porque la perversión es adictiva.

Pedro y Diego llegaron después. Las mujeres barrocas, menos recatadas, hijas de su época y herencia de su pasado, eran contempladas por los hombres sin escrúpulos como objeto de deseo. Amor y fertilidad serían los valores sustantivos del modelo ideal y generosidad en la carne, el atributo preferido. Y Pedro primero, luego Diego, las desnudaron ante el mundo.

En su avanzada sociedad flamenca, Pedro se atrevió con tres féminas carentes de pudor en un único óleo, formando un corro de carne. La disculpa fue que eran las tres hijas de Zeus, pero lo cierto es que dos de las protagonistas habían pasado por su cama como amantes, aunque luego fueron esposas. Culpable.

A los pocos años, Diego no se quedó atrás. Nunca antes una pintura sometió a una mujer a semejante reduccionismo. Está tumbada de espaldas, con sus caderas y nalgas exuberantes reposando en el centro del cuadro. Sobre un paño oscuro brilla el cuerpo pálido, como si la mujer fuera un manjar que se sirve en bandeja. Su rostro, difuminado a través del espejo, la despersonaliza y hace del conjunto una representación neta de la tentación carnal. Y a tal provocación le puso nombre de diosa.

El siguiente en atravesar la línea fue otro español, Francisco, siglo y medio más tarde. Hasta entonces, nadie había osado inmortalizar el vello púbico femenino. Aunque lo realmente escandaloso de la imagen es la actitud de la mujer del romanticismo, sonriente y desinhibida, casi endemoniada. La Inquisición tomó cartas en el asunto y Francisco recurrió hasta a la traición para escapar de la hoguera, aunque el infierno nunca le perdonó. Y ahí quedó su Maja. Es posible que ninguna otra mujer en la historia de la pintura haya turbado con su cuerpo y su ademán a tanta humanidad.

Y, por fin llegó Pablo, maestro en romper moldes. Él se propuso desnudar a cuantas mujeres se le cruzaran, interpretó el cuerpo femenino de tantas formas que la mujer encarnó otro imaginario. En su revolución, esos cuerpos se liberaron del yugo del realismo y se transformaron en ideales cubistas, en musas del surrealismo. Y Pablo inundó el mundo de desnudos, transgresores, metafísicos, abstracciones del deseo en cuatro dimensiones, incluyendo la incorpórea.

Así en el infierno no deben quedar paredes vacías, aunque en la tierra nadie se da por enterado y el cuerpo de la mujer mantiene su tiranía en el limbo nudista de la inspiración masculina.

 

(Publicado en “El Asombrario”, 6 de agosto de 2017)

Comments ( 1 )
  1. admin Post author

    Muy buen cuento, Jorge, y más interesante aún por todos los debates que provocó su escritura.

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