Laura García Galeán en “El Asombrario”

(Laura García Galeán)

“Géminis, dos en uno, uno en dos. Una mitad y la otra en lucha. Supervivencia. Una mitad que rechaza a la otra, muerte. Una mitad y la otra, vida. Todo entre planetas y asteroides”. Nueva entrega de nuestra serie ‘Relatos de Agosto’ en torno al cuerpo de la mujer.

Géminis, cuestión de lucha y supervivencia

POR LAURA GARCÍA GALEÁN

Con el cúter escribe en su brazo “soy”. Lo clava suave, a medida que se habitúa al frío del metal aprieta los dientes y ejerce más presión, hasta que la piel se deja de resistir, y el brazo se pinta de rojo.

La sangre resbala y gotea hasta el suelo, donde forma un nuevo universo. Cientos de glóbulos repartidos por el espacio, un proceso de millones de años reducido a un minuto. Lo mira y el dibujo de la sangre la lleva al guerrero, una de las pocas constelaciones que recuerda de su paso por el planetario. Tiene el arco en tensión y listo para ser disparado. Depende de cómo se mire, será defensa o ataque. Pero eso ahora no lo sabe. Al lado Géminis, dos en uno, uno en dos. Una mitad y la otra en lucha. Supervivencia. Una mitad que rechaza a la otra, muerte. Una mitad y la otra, vida. Todo entre planetas y asteroides. Todo sobre un fondo de baldosas blancas.

Cuenta los meses que le quedan para cumplir años, le gusta contar, es la manera de recordarse que antes fue. Fue esa niña que jugaba a ser astronauta, que jugaba a ser princesa, futbolista, que jugaba a ser otra y con esa otra, hasta que llegaba la hora de la cena y volvía a vestirse de hija y se juntaba con los que se vestían de padres.

Cumple 14, en dos meses apenas. Géminis, dos partes, dos 7=14. Se pueden sumar, y ¿restar? 7-7= Nada.

La sangre que antes corría por el antebrazo, ahora está seca. Clava las uñas en las heridas que dibujan el mensaje. Una lluvia de alfileres en su piel. Rojo. Siente.

Con la mano recorre el resto de su cuerpo, sigue buscando mapas estelares. Se encuentra en el muslo con frases encriptadas, pasa el dedo sobre su misterioso lenguaje. Le hablan de otros escenarios pero siempre le hablan de lo mismo: la otra. La otra saltando, riendo, creciendo. Luego la otra acariciada, dormida, convertida en una estrella o en galaxia. Hasta el infinito. Y ella aquí, ¿seguro? ¿Cuál es el límite entre las dos?

Se mira en el espejo y la busca por el cuerpo que le es devuelto. Lo examina. La piel, el rostro, los ojos. Ausencia. Coge el cúter y con la actitud del guerrero dispuesto a la batalla lo eleva y se abalanza hacia la imagen reflejada en el espejo. La cuchilla se rompe y desaparece en el universo de las baldosas. Agujeros blancos, en lugar de negros.

Un sonido del otro lado de la puerta  la sobresalta, dicen su nombre, mete la cabeza entre los brazos y del resto del cuerpo hace un ovillo. De nuevo oye la voz que repica, pero esta vez diluida entre una nebulosa de polvo cósmico.

Los pasos se alejan, bajan unos escalones, pasos lejanos. Silencio.

Dentro, ella, ¿ella? Y fuera otros, esos otros a los que en un inicio estuvo fusionada y sobre los que luego, como un satélite, empezó a girar en círculos cada vez más abiertos, más y más, hasta que un día quedó orbitando sola, como basura espacial.

Ese cuerpo, pareciera el suyo, se estira en el suelo, mezclándose en el universo de sangre. Expansión. Pantalones que se quedan a medio camino y no llegan a cubrir los tobillos, brazos largos, muy largos y marcados, pechos puntiagudos que desearía fueran cóncavos para clavarse en sus órganos. Y, aunque se sigue contando historias de mentira o de verdad, ella sabe que todo lo que entonces era, ahora ya no es más.

Mira por la ventana el cielo en noche y no encuentra a la otra que dicen se convirtió en estrella, ni siquiera las constelaciones conocidas. ¡Muerte al guerrero!, ¡muerte a Géminis!

Se rompe en pedazos. Oscuridad, caos… Sí, caos. Tal vez la antesala a una nueva galaxia. Sólo tal vez.

 

 

 

 

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