La obra en obras/5: Valeria Correa Fiz presenta a Samanta Schweblin.

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En la imagen, de izquierda a derecha: Valeria Correa Fiz, Samanta Schweblin y Victoria Siedlecki

Ayer, en una librería abarrotada, se realizó el 5º encuentro de “La obra en obras”, una iniciativa del Taller de Escritura de Clara Obligado que cuenta con la colaboración de la Universidad Autónoma de Madrid y la editorial Páginas de Espuma. El objetivo de los encuentros es acercar a los escritores a lectores literariamente formados y que tienen la oportunidad de debatir técnicas, recursos, perspectivas. Los ponentes son coronados con el casco de obreros de la palabra y luego comienza una presentación que, en este caso, estuvo a cargo de Valeria Correa Fiz. Luego se procede a la lectura de algún texto, que en este caso estuvo a cargo de la actriz y cuentacuentos Victoria Siedlecki. Os dejo el texto de Valeria.

Valeria Correa Fiz presenta a Samanta Schweblin.

Hola, muy buenas tardes a todos.

Bienvenidos, y muchas gracias por acompañarnos en la quinta sesión del ciclo “La obra en obras”, que presenta esta tarde a Samanta Schweblin. Samanta, ¡bienvenida!
El ciclo cultural de “La obra en obras” no se comprende sin el gran cuadrilátero, y se me perdonará el recurso a la geometría, que conforman el Taller de Escritura Creativa de Clara Obligado y Carmen Valcárcel y la Universidad Autónoma de Madrid; otro de los segmentos importantes de este cuadrilátero son Juan Casamayor y la editorial Páginas de Espuma, organizadora del Premio Ribera del Duero, y por último, la librería Cervantes y Cía que nos acoge esta tarde. A todos ellos, muchas gracias.
La figura del cuadrilátero y su evocación al ring, al predio, donde se boxea me sirve también para introducir a Samanta, cuya escritura, me permito calificar, como una máquina infalible de tensión destinada a cumplir su misión narrativa (o ¿debería decir destinada a noquear al lector, como le hubiera gustado a Julio Cortázar?) con la máxima precisión y eficiencia.
Ahora que tenemos el cuadrilátero y a la púgil, voy a tomarme unos minutos para presentar los libros publicados por Samanta Schweblin hasta la fecha. El primero, El núcleo del disturbio (2002), obtuvo los premios del Fondo Nacional de las Artes y el Concurso Nacional Haroldo Conti. En 2008 le otorgan el premio Casa de las Américas por su libro de cuentos Pájaros en la boca (2009), traducido a trece lenguas y publicado en más de veinte países. En 2012 obtuvo el premio francés Juan Rulfo de cuento, y en 2014 publicó su primera novela, Distancia de rescate (Premio Tigre Juan). Así llegamos hasta el año 9 de abril de 2015, día en el que el libro que nos convoca esta tarde, Siete casas vacías, se hizo acreedor del Premio Ribera del Duero.
Voy a centrar mi presentación en este libro magnífico por considerarlo paradigma de la escritura de Schweblin.

Empecemos por el título; empecemos por el SIETE.
SIETE. Es indudable el poder simbólico y evocador de este número.
Siete son los días de la semana, las vidas del gato y las notas musicales; siete los brazos de la menorá, el candelabro que se utiliza en uno de los rituales más importantes de la religión judía, y los pecados capitales, según la doctrina cristiana; siete los enanitos del cuento Blancanieves, los velos de la danza, los samuráis de la película de Kurosawa y los colores el arco iris. Siete son las direcciones del espacio, dos para cada una de las tres dimensiones más el centro. Podría continuar y elaborar así un profuso inventario de ejemplos que refuerzan el poder simbólico de este número, pero no teman: no voy a hacerlo.
Me voy a detener en algo mucho más relevante a los fines de analizar el libro de Samanta Schweblin. Los rotos con forma de ángulo en la ropa se denominan coloquialmente “sietes”. Estos siete relatos de Siete casas vacías se parecen mucho a esos desgarros que rasgan la continuidad de la tela, o la continuidad del “tejido de lo real”, entendido como construcción social.
Me gusta entonces que, desde el título, este libro nos anuncie que operará como un bisturí. Samanta Schweblin ha trazado con estos relatos un siete profundo en la realidad hegemónica para que veamos lo que se nos escapa, lo que no queremos ver, el mundo que nos tenemos negados, para vernos retratados en nuestras debilidades, manías y fobias, para que nos veamos en nuestra “loca cordura” o “cuerda locura”, como prefieran.

SIETE CASAS. Etimológicamente la palabra casa proviene del latín y, según San Isidoro de Sevilla, significa el entramado de ramas que sirve para protegerse del frío y del calor.
Dijo Blaise Pascal que “todas las desgracias del hombre se derivan del hecho de no ser capaz de estar tranquilamente sentado y solo en una habitación”, en el sitio, agrego yo, donde más o menos estamos protegidos, a salvo. Creo que esta máxima del filósofo y matemático francés captura algo de la esencia de este libro.
En efecto, los conflictos que se desarrollan en estas siete historias aparecen cuando los personajes salen de sus casas. No es casual que la primera frase del libro pronunciada por el personaje de la madre en el relato “Nada de todo esto” sea: Nos perdimos; tampoco es casual que el libro cierre con otra mujer en el cuento “Salir” que piensa: Salí un momento. Sé que me tocaba hablar a mí, pero si él me pregunta, eso es todo lo que voy a decir.
En el resto de los relatos todos los conflictos también suceden en cuanto sus personajes dejan de pisar los límites del hogar. Tenemos entonces SIETE CASAS VACÍAS, casas donde, naturalmente se gestaron los problemas. Casas donde lo cotidiano y lo familiar están desplazados de sus ejes, unos pocos grados, sí, pero los suficientes como para que lo conocido se vuelva perturbador. Así se suceden en este libro: unos abuelos desnudos que abandonan el jardín de una casa de veraneo en “Mis padres y mis hijos”; un hombre que va al jardín de su vecina a recoger ropa que ha tirado su mujer en “Pasa siempre en esta casa”; una anciana enferma que recurrentemente acude a la casa de su vecina para acusar a su hijo de diversas fechorías en “La respiración cavernaria”; la mujer que sale en busca de aspirinas para su suegra en “Cuarenta centímetros cuadrados”; y la familia que se dirige a un hospital en “Un hombre sin suerte”.
Apenas hemos analizado el título y ya se advierte que este libro es un pequeño cosmos. Porque existe un Universo Schweblin.
Existe en la elección de los personajes construidos en función y a partir de relaciones sociales y vínculos familiares siempre subvertidos: las madres ya no son sinónimo de protección, los abuelos se vuelven influencias peligrosas, los niños han transmutado y son más inteligentes y saben más que los adultos que los tienen a su cargo, los mendigos (seres desvalidos por antonomasia) nos suministran una cierta guía o protección, los vecinos actúan como dueños y señores de la propiedad ajena, los desconocidos son mucho más amables que nuestra propia familia y hasta las suegras pueden ser nuestras amigas. Como se comprenderá, estas situaciones derivan en historias fronterizas que descolocan al lector y lo obligan a moverse en terrenos pantanosos, entre la realidad y el horror.
Existe un Universo Schweblin en la selección de los objetos. Por estos estupendos relatos desfila un curioso catálogo, una especie de Gabinete de las Maravillas como los que tenían los reyes de los siglos XVI al XVII , pero de objetos cotidianos, anodinos, fuera de su sitio: hay un azucarero enterrado en un patio trasero; los papanoeles, ornamentos navideños de paz y buenos augurios, son un club de ahorcados; la ropa de un muerto aparece recurrentemente esparcida por el césped del vecino; los peines y los elementos necesarios para la vida cotidiana no están en el baño o la cocina sino que están prolijamente embalados en el garaje; y los muñones de un mendigo nos señalan una publicidad de champú en el metro. Como se ve rápidamente los objetos están sustraídos a su utilidad y sentido habituales; obligan al lector a modificar las inercias de su sensibilidad y a concebir una realidad otra: otra vez el roto, el siete en el entramado del tejido social aparentemente perfecto.
Existe un Universo Schweblin en lo que refiere al estilo, al modo en que se manipula, controla y estructura el material representado. En estos relatos gobierna la velocidad: los hechos avanzan de manera casi lineal (hay muy pocos flashbacks y casi ninguna digresión en los relatos de Siete casas vacías), un modo narrativo que Italo Calvino en “Seis propuestas para el próximo milenio” denomina fábula, por compartir con este género las características narrativas en lo que hace al manejo del tiempo. La velocidad del Universo Schweblin tiene que ver también y fundamentalmente con la elipsis, con lo no nombrado en el texto.
En estos cuentos el clima es siempre enrarecido, asistimos a esa sensación de estar en medio de un pesadilla pero despiertos. Importan la palabra justa, el verbo exacto, el objeto preciso, porque el buen dios está en los detalles, como diría Flaubert; y estos elementos tan cuidadosamente elegidos dotan de una visibilidad cinematográfica a estos relatos. Importa también y mucho en el universo estilístico schwebliniano la tensión y, sobre todo, el vacío que se gesta cuando se tensa el hilo de lo narrado hasta lo insoportable. ¿Por dónde, se pregunta el lector, se cortará el hilo?
Y a veces el hilo se corta por las palabras.
Porque existe un Universo Schweblin que refiere a lo indecible. Si la palabra, como decía Octavio Paz en “El arco y la lira”, es el puente mediante el cual el hombre trata de salvar la distancia que lo separa de la realidad exterior, en los relatos de Siete casas vacías podemos decir que no hay puente o que el puente está irremediablemente roto. Hay un río embravecido en el interior de los personajes que ellos no saben o no pueden exteriorizar.
Hablar es para los personajes una imposibilidad o una pena. Tengo que decirlo, me digo, porque es parte del castigo que ahora me toca, dice la mujer en “Salir”. Algunas veces, los personajes desean el diálogo, pero las palabras no llegan. Espero pero no hay ninguna instrucción para mi, dice el ex marido del relato “Mis padres y mis hijos”. Quizá sea esta una de las clave para entender por qué a todos estos personajes le gustan tanto los extraños: porque a ellos no tienen nada que decirle, no tienen nada que explicarles, no tienen ni siquiera la obligación de hablarles.
Existe un Universo Schweblin en lo que refiere a la temática abordada. Rodrigo Fresán, uno de los jurados del Premio Ribera del Duero, dijo a propósito de este libro: La narradora es una científica cuerda contemplando locos, o gente que está pensando seriamente en volverse loca.
La literatura de Schweblin cartografía no solo lo mucho que sabe científicamente en relación con estos personajes “locos”, sino también lo otro, lo menos cartografiable, lo que reside en el hueco, en el vacío de las siete casas, lo inefable que se articula connotativamente en la cabeza del lector de sus relatos. En el Universo Schweblin se habla de la inquietud, la desolación, el extrañamiento que acecha en la infancia y en la vejez, las distancias en las relaciones de pareja y en el amor filial, la morosidad o el hartazgo de no morirse y una de las preguntas centrales de la metafísica; esta es: cuál es el lugar que ocupamos en el mundo.
He dicho que el último relato del libro es “Salir”. La protagonista de este cuento sale de su casa, vive una serie de peripecias y regresa y todo está aterradoramente intacto, se nos dice. No hay lugar bueno; este es el universo que nos hemos deparado a nosotros mismos, no hay solución ni alternativa. Quizá por eso el personaje de “Nada de todo esto” no consigue conformarse con ninguno de todos los objetos que tiene a su alrededor, no hay consuelo ni escapatoria, parece decirnos la narradora.
Como todos sabemos, Jorge Luis Borges tenía una pasión por los laberintos, esas casas cuyo descarado propósito es confundir y desesperar a los huéspedes. Para el escritor argentino, el laberinto ideal es el psicológico, donde la causa de la confusión y la desesperación que produce el extravío no está en el espacio geográfico sino en nuestra mente. Es el laberinto ideal porque no nos permite escapar, porque nos permite perdernos para siempre.
He hablado antes del poder simbólico y evocador del número siete, pero me he reservado para el final su primer significado simbólico y es el de la perfección. Siete es el número divino, seis el de la Bestia. Me he guardado este primer significado porque creo que Siete casas vacías es el laberinto psicológico perfecto. Frente a la imposibilidad de vislumbrar una salida, la narradora de Siete casas vacías se reserva solo el derecho a la observación y la lucidez de mostrar, como un Caravaggio posmoderno, los claroscuros del drama desde el interior.
Espero que estas palabras sirvan para animar a los presentes a la lectura de este libro estupendo y también, como le gustaría a Roland Barthes, para que se aprecie el plural del que este libro singular está hecho.

Muchas gracias.

Ahora voy a ceder la palabra a la directora de la Escuela de Cuentacuentos, Victoria Siedlecki.

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