Eva Manzano en “El Asombrario”

(Imagen: Marc Chagall, Adán y Eva)

Ya no se frotaba los pezones con aceite, pero le seguían gustando las nueces.

Por Eva Manzano.

Frótate los pezones con aceite -le decía su abuela. Acaban de nacer y así los tendrás jugosos como nueces. Miraba la fotografía y se acordaba de su pelo entrenzado con horquillas. Podía recordarla perfectamente, cuando hablaba a través de las cortinas que separaban el dormitorio del cuarto de estar, le gustaba quedarse sola mientras todo el mundo se iba a dormir, entonces cosía. Y ella, pequeña, en esas camas tan grandes de las casas de verano, se iba hundiendo en el colchón de lana, como si su abuela hilvanara a puntadas el sueño.

Duérmete -oía.

El recuerdo se iba de su cabeza sabiendo que podía volver cuando quisiera el eco del pasado. Su cuerpo era alto y delgado, las caderas cansadas sujetaban una espalda con forma de espiga que muchas veces parecía mecerse con el viento. El pelo negro le caía por los hombros sin pasar de las clavículas. Dos huesos que flanqueaban no solo su carácter sino su pecho. Ya no se frotaba los pezones con aceite, pero le seguían gustando las nueces. Y le seguía gustando su cuerpo, más que antes, disfrutaba de él, se daba placer a ella y a otros. Con él había dado vida, de él se habían alimentado. A veces, creía haber pertenecido a otros paisajes y llevar parte de ellos como una quemadura, que la tienes en la piel como un rastro del que olvidaste lo que había sucedido.

Ahora llegarían sus hijos, hambrientos, ay, mamá déjame en paz, esbeltos, con sus cuerpos jóvenes, cansados por crecer tan rápido, con esa belleza del túnel del tiempo que no corresponde a un territorio sino a una frontera, entre la infancia ya perdida y el mundo adulto tan lejano todavía. Las mochilas lanzadas y el déjame en paz rodaban por el suelo hasta que se oía cómo la puerta se cerraba.

Porque había puertas, aunque fuera ella una casa circular. Como en todo o casi todo, había puertas. En ella solían estar abiertas, salvo una o dos que ni siquiera recordaba. Circulares eran las habitaciones. Por eso los sonidos no encontraban un sitio donde posarse y volaban sin reposo hasta que se iban deshaciendo con el roce de la pared.

Pues había una sola pared, una sola por no tener esquinas. Una pared larga, continuada que la podías recorrer en una dirección o en otra, cambiando de sentido y entonces sucedía que veías al revés los cuadros y el caballo se salía del paisaje. Al igual que su cuerpo. Esa era parte de su naturaleza, como el aire que circula, y une lo de detrás de la puerta con lo de encima de la cama, siempre estando entre ellos, los objetos de la casa, la ropa doblada, las fotografías, las sillas, el horno.

¿Estás ahí? Decían las demás cuando venían a verla. Solían traer flores y sus voces daban vueltas como vencejos. ¿Hay alguien en casa?

Y sí, cómo no, siempre había alguien en ella. Ella era la casa y nunca estaba vacía. Pues dónde iba a ir para alejarse, si estaban todos dentro. Además, seguramente les hubiera echado tanto de menos. Para ellos abría las ventanas cada mañana y las cerraba cuando el viento iba a llevárselo todo. ¿Os podéis hacer una idea de cómo era?

De las ventanas que tenía y la luz cuando entraba e iluminaba sin perdón todos los días el mismo camino. Con forma de parábola la casa circular se movía. Si te acercabas lo suficiente se escuchaba la respiración y también las historias que contenía.

Recordaba a su madre llorando después de un disgusto, reclamándole al vino que le dejase volver a ser pequeña. Su madre llamaba a su madre, a la que fue su abuela para que la acunara su tristeza. El amor tumultuoso siempre rondaba la casa.

Como los cuentos, empieza mamá, venga una vez más, otra vez por favor, mamá.

¡Invéntate otro final! Decían, qué divertido era, entonces ella sabía inventarse finales.

Vivían en sus pies, en sus muslos, en su espalda, vivían en su marido, en sus hijos, en sus padres, los frotaba con aceite, los finales para que siempre pudieran volver a empezar. Esa era su naturaleza, como el aire que circula, y une lo de detrás de la puerta con lo de encima de la cama.

* La nutación (del latín nutare, cabecear u oscilar) es el nombre por el que se conoce la oscilación periódica del polo de la Tierra respecto a su posición media en la esfera celeste, debida a la influencia de la Luna sobre el planeta, similar al movimiento de una peonza (como un trompo) cuando pierde fuerza y está a punto de caerse.

 

 

Comments ( 2 )
  1. Maya

    Derroche de sensualidad, las palabras son, sí, como el aceite que nutre el cuerpo y la imaginación…

  2. Muy bueno, un placer ser mujer.

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