La resistencia optimista.

Nunca he entendido demasiado bien por qué toda postura progresista tiene que ir revestida de un halo de pesimismo y mal humor que hace que sintamos que el mundo, ya bastante negro de por sí, se ha oscurecido aún más. En los tiempos que corren, me siento mucho más cercana a las actitudes que revisten la resistencia de cierto optimismo razonable que da, a las utopías, un aire de fiesta que las hace deseables. No se trata de un optimismo ciego o superficial, sino de la confianza de que las cosas pueden ser de otra manera. Esto es lo que siento a medida que los viajes de la promoción de “La muerte juega a los dados” me llevan de aquí para allá, al encuentro de espacios que, con presupuesto cero, han sido capaces de mantenerse y de seguir creando ámbitos donde el debate cultural es posible.  Estos espacios donde la gente se reúne en torno a un libro siempre me han parecido una muestra de cómo la cultura tiene sentido para construir un mundo más habitable. Son la experiencia en Tenerife, en la librería de Mujeres, donde unos setenta participantes, con el libro rigurosamente leído, me plantearon dudas más que razonables. Son el entusiasmo de las libreras en Valencia que, entre familia y trabajo, siguen creyendo en algo que les cuesta sostener. Es el encuentro en León, en la Universidad, donde un gran número de jóvenes asistía a un debate un viernes ya tarde. Es Emma Rodríguez, y su maravillosa revista “Lecturas sumergidas“. Es Lola López Mondéjar, y su taller en la Biblioteca de Murcia, que cumple diez años. Es, por supuesto, Nona Domínguez, que sostuvo la Biblioteca de la Casa de las Conchas de Salamanca con presupuesto cero. Es Raúl Vacas, y su espíritu lúdico y poético en torno al libro, su iniciativa en “La Querida“.  Es el Centro de Arte Moderno de Madrid, y su capacidad de supervivencia, es, claro, Mariángeles Fernández, y su agitación silenciosa. Es la librería “Casa tomada”, en Sevilla. Es, en Sabadell, la “LibreRío de la Plata“, en Andalucía, Carmen Moreno y Eva Vaz. Es el equipo de “Los diablos azules“, y sus lecturas de los jueves. Es Carmen Valcárcel, quien, a pesar de lo difícil que está la Universidad, siempre será cómplice para generar nuevos proyectos. Son Victoria Siedlecki y Elvira Mínguez, dispuestas a leernos historias. Es Javier Morales, y su ternura optimista. Es, por fin, el trabajo casi ciclópeo de las editoriales independientes, que son capaces de navegar entusiasmadas con las olas en contra, es, para mi, Páginas de Espuma y también Julieta & Grekoff, las fabulosas diseñadoras que unen su entusiasmo a cualquier entusiasmo. Es la gente que me acompaña en el taller, que siempre está dispuesta a crear y a debatir. Son los periodistas culturales que, en medios devastados por los recortes, siguen haciendo su trabajo con seriedad. Son los libreros, capaces de resistir. Son tantos y tantos más que sería imposible nombrarlos. Vaya donde vaya, en estos días en los que viajo tanto, me encuentro con un grupo de lectores optimistas que no ignora lo que está pasando y que sigue ahí, apoyando la cultura. Esto es lo que hace que, cada mañana, la vida encuentre un sentido. Es el optimismo resistente de los que creemos que la cultura vale, aunque no tenga precio.

Comments ( 2 )
  1. Buena reflexión y unas gracias muy merecidas a toda esa gente que lucha por mantener la cultura viva, “cueste lo que cueste”.

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