“La muerte juega a los dados” en “Letras sumergidas”

Por Emma Rodríguez © 2015 /

La muerte juega a los dados, de Clara Obligado, es uno de esos libros sorprendentes porque resulta difícil etiquetarlo, porque los encasillamientos no valen y es mejor dejarse llevar, ir abriendo las puertas de las distintas estancias, avanzar como en un laberinto buscando las salidas. Se trata de un conjunto de cuentos que no se atiene a unas reglas fijas, sino que toma elementos de distintos estilos. Se trata de un recorrido a través de la distancia corta que bien puede emprenderse con la disposición del largo aliento de la novela, porque hay unidad en las acciones, en los personajes, en muchos de los elementos narrativos. La propia autora lo califica como “un artefacto” en el sentido de piezas que se unen para alcanzar un sentido, para provocar el asombro, para seducir con la fuerza de los imprevistos.

La muerte juega a los dados es un libro en el que confluyen tiempos históricos alejados, planos paralelos, ritmos y densidades diferentes. Todo funciona como una especie de tiovivo que gira en torno a la historia de una familia y de sus alrededores: matrimonios de conveniencia, locura, engaños, humillaciones, un crimen… Obligado parte de sus recuerdos de infancia, hurga en los cajones de su memoria en Buenos Aires, repasa el álbum de fotos amarillentas, desvaídas, de sus antepasados, y toma la perspectiva suficiente para comprender ciertas cosas y, sobre todo, para recrearlas. Puede que la haya movido la búsqueda de verdades, pero, sobre todo, la potencia y la lucidez de la imaginación, de la literatura, para vencer a lo real, para contar los sucedidos de otra manera, de una manera ajustada a la propia percepción y experiencia.

En La muerte juega a los dados la autora ha puesto en pie un libro que parece ligero, juguetón, pero que, sin dejar de serlo, ahonda con dureza en temas como los abusos de poder; las imposiciones de la herencia; la desigualdad en todas sus vertientes: entre hombres y mujeres, entre pobres y ricos, entre viajeros de primera clase y de mucho menos que segunda. Las guerras europeas, la dictadura argentina, la Historia con sus vaivenes, marca los destinos de personajes que se encuentran, se cruzan incluso sin saberlo, se separan, se olvidan. Acostumbrada a montar y desmontar cuentos, a darle vueltas a las posibilidades del género, tanto en su propia literatura como en en el Taller de Escritura Creativa que dirige, esta mujer, autora de títulos como Las otras vidas, El libro de los viajes equivocados o La hija de Marx, novela ganadora en 1996 del Premio femenino Lumen, se siente a gusto en los escenarios donde la realidad se confunde con la ficción, pisando la hierba fresca que crece en los campos de la experimentación, del juego, en las rutas literarias menos convencionales, “descolocadas, fuera de los límites, mestizas”, según sus palabras.

Clara Obligado parte de sus recuerdos de infancia, hurga en los cajones de su memoria en Buenos Aires, repasa el álbum de fotos amarillentas, desvaídas, de sus antepasados, y toma la perspectiva suficiente para comprender ciertas cosas y, sobre todo, para recrearlas.
– Es imposible no pensar en Julio Cortázar al leer La muerte juega a los dados. En una nota inicial, a la manera de Rayuela, se da la posibilidad de emprender dos itinerarios de lectura: uno lineal, siguiendo la trama policíaca y la historia de la familia Lejárraga, y el otro voluntario, al gusto de los lectores, un tránsito menos ordenado que lleva a encontrar puntos en común entre las distintas historias.

– Bueno, la verdad es que la estructura no fue buscada, pero leo a Cortázar desde que soy adolescente y te puedo decir que cuando terminé puse todos los cuentos en el suelo para proceder a ordenarlos y pensé que, tal vez, podía haber sido así como obró Cortázar. Pero más que Rayuela, durante el proceso de la escritura, tuve presente Las fuentes del afecto, de Maeve Brennan, y algunos cuentos de Alice Munro. Me interesaba ver el tratamiento del paso del tiempo en estas autoras, así como su manera de abordar a un mismo personaje desde distintos puntos de vista.

– ¿En qué medida has querido indagar, a través de la ficción, en la historia de tu familia? ¿Hasta dónde has querido llegar?

– Partí de cosas que sé, de cosas que me contaron y que yo recreo desde mi condición de exiliada dentro de una familia de clase alta argentina. Esa posición es muy curiosa, porque aquí, en España, no tengo contexto, y allí, en Argentina, me miran como un sapo de otro pozo. Resulta complejo, pero al mismo tiempo me permite una experiencia de libertad, de no deber nada a nadie, que se plasma en lo que escribo. Desde ese ángulo es desde el que he podido mirar, desde fuera, un poco como si no tuviera que ver conmigo, a mis orígenes, observar a esa familia tan particular de la que procedo, una familia rica, de derechas, muy patriarcal, de hombres que destacaron en el cultivo de la poesía (cuando murió mi bisabuelo, Rafael Obligado, gran poeta nacional, pusieron la bandera a media asta) y también de mujeres pintoras muy olvidadas. El libro comienza con un acto muy simbólico, la muerte del patriarca, y avanza a través de la apropiación que hago de mis recuerdos, de la manera en que los utilizo para montar mi propio relato.

Mi condición es muy curiosa. Aquí, en España, no tengo contexto, y allí, en Argentina, me miran como un sapo de otro pozo. Resulta complejo, pero al mismo tiempo me permite una experiencia de libertad, de no deber nada a nadie, que se plasma en lo que escribo.
– Después de tantos años viviendo en España, desde 1976, ¿te sigues sintiendo extranjera?

– En España no he sido aceptada por la generación de escritores a la que me hubiera correspondido incorporarme de forma natural. Es como si no me vieran, como si siempre tuviera que ser una escritora argentina y quedarme en ese compartimento estanco, pero no pasa sólo conmigo. Hubo mucha gente, muchos escritores, que llegaron en los años 70 y no fueron nada considerados. Ahí está el caso de un autor tan valioso como Marcelo Cohen, que vivió en Barcelona durante muchos años y pasó bastante desapercibido. El propio Roberto Bolaño sufrió esa falta de integración. En España se tiende a negar lo que no es nacional. Es un país de expulsión, no de asimilación, donde los de fuera siempre hemos de quedarnos fuera. A mí más que dolerme, es algo que me cansa, que me aburre, y al mismo tiempo me sirve como estímulo, como impulso creativo. Sentirme permanentemente como extranjera es una fractura y a la vez una riqueza, porque me permite adoptar una mirada intermedia, liberada de las dos claves nacionales, porque, como te decía antes, tampoco formo parte de ninguna generación en mi país. El personaje de Sonia representa en el libro la muerte de mi generación, que fue anulada por la dictadura. Puedo decir entonces que el mío es un territorio propio de Kafka. Estoy en tierra de nadie, escribo desde la verja, un lugar muy interesante, que ahora mismo comparto con mucha otra gente.

– El tema de la herencia es fundamental en el libro. La huella del legado, todos esos antecedentes que nos marcan, que nos determinan. ¿La muerte juega a los dados te ha ayudado a enfrentarte a tu propia herencia?

– Nunca he entendido la literatura como terapia. Escribo lo que me sale, sin pudor, y, en este caso, al convertirme en dueña de mi historia a través de la autoficción, me sentí absolutamente libre, llegué a un nivel de conocimiento muy interesante. El resultado es una versión sin odio de muchas cosas cercanas, vividas. Hay mucha piedad en el libro. Se trata de una visión piadosa sobre una gente dura y frágil al mismo tiempo. En lo que respecta a la herencia, no creo que la influencia de los antepasados nos haga mejores ni peores personas. Se trata de un peso del que, tarde o temprano, tenemos que liberarnos. La dependencia de los orígenes es algo que hay que cuestionarse.

– La infancia está muy presente. Las sensaciones placenteras, imborrables, que tan bien supo atrapar Proust, están ahí, pero, sobre todo, las heridas de la infancia, las carencias de afecto, de atención, por parte de los padres.

– Sí. Éste es un libro sobre la infancia, pero sobre la infancia desprotegida, no sobre la infancia como un momento paradisíaco. Es evidente que los padres no siempre son buenos, aunque los hijos tendemos a aferrarnos a lo bueno. Es evidente que a los padres los queremos por un sentimiento de la especie y que aprendemos a odiarlos con el tiempo. En la literatura estamos acostumbrados al discurso hegemónico masculino sobre el amor maternal y esa entronización de la maternidad es algo propio de la Edad Media. Hay muchos aspectos negativos en el hecho de ser madre, no todo es tan bonito y eso hay que empezar a reconocerlo. En mis cuentos hay muchas mujeres que abandonan a sus hijos, que los dejan en manos de terceras personas porque los consideran un estorbo. Eso es algo muy típico de la clase alta. Yo lo conozco muy bien porque lo he vivido y así lo muestro en mis relatos. En cuanto a Proust, es inevitable pensar en él. Yo lo hice mientras escribía los cuentos. Me comí varias magdalenas (risas). Siempre estamos buscando el tiempo perdido.

– La situación de la mujer, el abuso de poder masculino, se aborda desde múltiples perspectivas en el libro.

– Sí. La verdad es que hay como una historia de las mujeres en el libro, desde el relato de la chica que se ve obligada a prostituirse y que tiene que recurrir a la violencia para sobrevivir, hasta el cuento final, donde ya se demuestra hasta qué punto las cosas han ido cambiando y es la mujer adulta la que decide mantener una relación íntima con un joven. Me interesa mucho abordar las relaciones de poder en la pareja y también, insisto, cómo hemos ido mejorando las mujeres, ganando, poco a poco, nuestro derecho a decidir en todos los ámbitos, al menos en las sociedades occidentales.

En la literatura estamos acostumbrados al discurso hegemónico masculino sobre el amor maternal y esa entronización de la maternidad es algo propio de la Edad Media. Hay muchos aspectos negativos en el hecho de ser madre, no todo es tan bonito y eso hay que empezar a reconocerlo. En mis cuentos hay muchas mujeres que abandonan a sus hijos, que los dejan en manos de terceras personas porque los consideran un estorbo.
– Ese cuento final es muy metaliterario, das muchas claves sobre el proceso de la escritura. “¿Escribimos para atrapar el tiempo? ¿Sobre la vida que puedo ser y no fue? ¿La que no nos atrevimos a llevar a cabo? ¿Frotamos una lámpara maravillosa y salen de allí nuestros recuerdos?”, son preguntas que te planteas.

– Sí. Me interesa mucho integrar el proceso de la escritura en mis relatos. Y tanto la metaliteratura como la autoficción dan mucho juego. Creo que para contar mentiras hay que elegir géneros veraces (risas). Esa mujer del final es idéntica a mí en muchas cosas, pero, yo modifico sus circunstancias según las leyes del relato.

– El cuento del niño que huye de los nazis en el París ocupado y llega a la casa deshabitada y se dedica a hacer pajaritas de papel, porque encuentra un manual que alguien dejó allí y que le enseña a construirlas, es muy significativo en el conjunto…

– Así es. El cuento del niño es un eje importante. La macrohistoria y el azar se cruzan en el camino de la vida y muchas veces nos salvamos gracias a la imaginación. Se trata de una metáfora del poder del arte, de la creación. La historia nos puede condenar, pero la imaginación nos hace libres. Esto está presente también en la capacidad de Alma de salir de sí misma e irse a otro lado a través de la imaginación. Eso es lo único que logra transmitir a una de sus hijas, a Sonia, con la que tanto me identifico, y eso es lo que, al final, en los peores momentos, se convierte en su único asidero. Cuando escribía el relato del niño, además de todo esto, pensaba en los jóvenes de hoy, esos jóvenes, que, pese a tantos obstáculos, deben hacer lo que quieren, no lo que los demás les dicen que hagan. Hoy vivimos en la queja, pero hay que seguir adelante, confiando en el tiempo, como nos decía Cervantes. Tenemos que seguir creando, porque si no estamos perdidos. Yo creo que en estos tiempos el optimismo que mueve a la acción es una postura revolucionaria

– ¿El mito de Europa, de París especialmente, para los latinoamericanos, que tan bien se refleja en La muerte juega a los dados, sigue persistiendo? ¿Cómo lo has vivido tú?

– Siempre me ha hecho gracia que los latinoamericanos digan “voy a Europa”, como si fuera un todo, una Europa que sólo incluye algunos países. De todas formas, creo que esa idea de Europa como eje cultural se ha desplazado a EE.UU., por ejemplo, que ahora está revestido de esa sensación de ir hacia la Meca de algo. En mi caso, dudé entre México y España, pero tuve que decidir muy deprisa, así que no le di demasiadas vueltas. No estoy molesta con mi elección, creo que fue la correcta, pero nunca tuve la idea de una “Europa” unida y mítica, que estaba en los sueños de las generaciones anteriores. Hice, sí, un primer viaje a “Europa” justamente en el 68, cuando era adolescente, y me tocó vivir el prólogo del mayo francés y la España de Franco, que era muy tenebrosa. Fue muy interesante. Mi idea era, más bien, conocer América Latina, continente que mi generación valoraba más, y lo hice durante algunos años pero mira, terminé por estos lados. El azar, ya sabes…

Siempre me ha hecho gracia que los latinoamericanos digan “voy a Europa”, como si fuera un todo, una Europa que sólo incluye algunos países. De todas formas, creo que esa idea de Europa como eje cultural se ha desplazado a EE.UU., por ejemplo, que ahora está revestido de esa sensación de ir hacia la Meca de algo.
– La literatura tiene la fuerza de retratar el mundo en su complejidad. Es como un espejo que amplía, que profundiza en la realidad y nos permite verla con sus contradicciones. En tu libro la desigualdad está presente todo el tiempo, antes hablábamos de las mujeres, pero el tratamiento es mucho más amplio.

– Sí. La desigualdad hoy está muy acentuada, es clave para entender el mundo en el que vivimos. Estamos atravesados por un destino terrible, pero, de repente, todo puede cambiar. Yo he visto las garras de la crisis muchas veces en Argentina: las ollas populares, la gente viviendo en las plazas… Y también he comprobado que se puede salir de ahí, aunque está claro que nos quedamos tocados y que, por desgracia, muchos perecen o se estancan en el camino. Lo que sucede en España es que todo el mundo vivía relativamente bien y el paso a lo otro ha sido muy brusco. De algún modo todo eso penetra en lo que escribo, pero en mis relatos, además, la desigualdad está tratada desde el punto de vista de mi propia experiencia. Yo me crié en el seno de una familia rica, pero eso no me trajo la felicidad, en absoluto. Mi madre bebía, estaba loca, como el personaje de Alma. No me prestaba atención. Yo en la clase alta me aburría y cuando más feliz me sentía era cuando me iba con la criada y podía acceder a otras realidades, meterme en otros resquicios.

La desigualdad hoy está muy acentuada, es clave para entender el mundo en el que vivimos. Estamos atravesados por un destino terrible, pero, de repente, todo puede cambiar. Yo he visto las garras de la crisis muchas veces en Argentina: las ollas populares, la gente viviendo en las plazas… Y también he comprobado que se puede salir de ahí, aunque está claro que nos quedamos tocados y que, por desgracia, muchos perecen omse estacan en el camino.
– El trabajo con los distintos géneros, con los tonos de la narración, resulta muy sorprendente en este libro. Hay piezas cercanas a lo detectivesco, otras al surrealismo. Las hay que parecen sacadas de los cuentos infantiles, con la crueldad que tienen esos cuentos tras su aparente inocencia.

– Sí. La propuesta era, de alguna manera, exhibir o desarrollar muchas de las posibilidades del cuento. Hay cuentos surrealistas, como bien señalas, y también cuentos románticos, realistas o de raigambre tradicional, como Porcelana, que empieza con un “Érase una vez…”, y que remeda un poco la escritura de Isak Dinesen, sus paradojas. Hay juegos muy modernos en cuanto al manejo del tiempo, como El cuerpo, o relatos clásicos de la revolución mexicana, como La huida. Hay cuentos casi policíacos, como Un cadáver en la biblioteca. No quería un lector que se acomodara, sino que viera desplegarse la enorme potencia del género y que se sintiera, a la vez, un poco retado por los cambios. Hay micros, y textos larguísimos, juegos con el idioma, y cuentos basados en la acción. Hay cuentos históricos. Me resultaba muy divertido experimentar y ver cómo se podía armar un todo con elementos tan diversos. Más que un libro, creo que he construido un artefacto. Eso nunca me lo hubiera permitido una novela.

– Se ve que el reto formal es básico para ti. ¿Trasladas ese reto a tus talleres de escritura? ¿Qué intentas transmitir a tus alumnos?

– Es cierto. Si los libros no parten de un reto formal no me interesan. Y normalmente lo que no puedo resolver en un libro es lo que me lleva a escribir el siguiente. Me interesa mucho que el lector se convierta en coautor. Eso, que es muy Cortázar y muy taller de escritura, está muy presente en La muerte juega a los dados. Si no hay un lector que complete la narración el libro fracasa. En la Escuela de Escritura Creativa los debates directos son muy importantes. Intento que los alumnos participen, procuro que mis poéticas no les influyan y les animo a que sean críticos, incluso con mis propios trabajos. Hay muchísimas maneras de escribir que tienen que ser respetadas. La verdad es que impartir talleres me hace sentir una privilegiada. Trabajo con gente entusiasmada con la literatura en un ambiente siempre creativo. Es una labor que chupa mucha energía, pero que a la vez te permite la reflexión constante en torno a los textos y eso es un lujo.

En la Escuela de Escritura Creativa los debates directos son muy importantes. Intento que los alumnos participen, procuro que mis poéticas no les influyan y les animo a que sean críticos, incluso con mis propios trabajos. Hay muchísimas maneras de escribir que tienen que ser respetadas.
– ¿Qué es lo que más te gusta?

– Me enamoro de los procesos, de los primeros balbuceos y hallazgos. En un taller a lo que se enseña fundamentalmente es a leer, a leerse, a descubrir la propia mirada, a quitarse de encima la impostura, la cursilería. Es fundamental desarrollar una actitud de modestia frente a lo escrito y tomar la decisión de trabajar duro, de corregir todas las veces que haga falta. Ahí es donde nace un escritor. Igual que el psicoanalista, quien se dedica a impartir talleres, debe tomar distancia. Y siguiendo con el psicoanálisis, que tanto se relaciona con la creación, es cierto que la escritura y el psicoanálisis tienen en común los sueños, pero en el primer caso éstos son, lógicamente, un material para la creación.

– Antes decías que un libro te conduce al siguiente. ¿Cuál será el próximo proyecto?

– Pues seguir contando mi historia partir de los 26 años, desde que llegué a Madrid. Ese Madrid de la movida tan glamouroso que yo vi, pero que no viví, siempre al margen. Me atrae reflexionar sobre ese periodo desde la mirada del emigrante. Es evidente que la España de la Transición se enriqueció con los que llegamos de fuera, con muchos latinoamericanos que ejercieron de psicólogos, de dentistas, de escritores, del mismo modo que América Latina se enriqueció con los emigrantes de la Guerra Civil. Eso es justo reconocerlo. Seguir recorriendo mi biografía y adueñarme en ese trayecto de la literatura española, que también es mía. Ese es el proyecto al que ya estoy dándole vueltas, pero suelo tardar unos cuatro años entre un libro y otro.

En el momento en que mantuvimos esta conversación Clara Obligado estaba sumergida en Ocho centímetros, el nuevo libro de relatos de Nuria Barrios. “Me está gustando mucho. Son cuentos muy duros. La verdad es que cuando conoces a la autora, que parece tan frágil, no te crees que pueda escribir así de la delincuencia, del mundo de las drogas, de la parte más oscura de la realidad. Tiene una voz muy especial”, comentaba mientras dos gatos, muy literarios, danzaban a su alrededor, entrando y saliendo desde una amplia terraza con vistas a los tejados de Madrid, un increíble espacio de calma en medio de los ruidos de la bulliciosa Puerta del Sol, tan cercana al domicilio de la escritora, latido de las mezcolanzas, las grietas, los latidos y gritos de la ciudad.

– ¿Cuáles han sido tus últimas lecturas?

– Ahora estoy leyendo a gente joven. Me interesa saber qué escriben los que todavía no han cumplido cuarenta años y tienen una percepción de la crisis muy profunda. Estoy con Nuria Barrios y acabo de terminar Distancia de rescate, de Samanta Schweblin, después de haber leído a Ion Bilbao, con quien tenía una deuda. Además, descanso con Ingrid Noll, una autora cuyo humor negro siempre me ha divertido muchísimo. Voy leyendo, poco a poco, a Colm Tóibín y acabo de descubrir a una autora muy interesante, Mary Ann Clark Bremer, que está publicando Periférica, después de frenar mi entusiasmo por Penélope Lively, cuyo Moon tiger me pareció fabuloso. Paso épocas en las que leo a autores muy diferentes, porque siempre estoy en proceso de búsqueda.

– ¿Dónde te gusta leer, a qué hora? ¿Sigues algún ritual?

– En general, leo de noche y en la cama. No tengo rituales en ningún sentido, simplemente intento conseguir tiempo, porque tengo muy poco. Y me leen en alto cuatro horas diarias en el taller. Oigo muchos, muchísimos cuentos. Es lectura, al fin y al cabo, aunque un texto en proceso se lee de otra manera. Es muy estimulante: te hace pensar mucho, buscar soluciones posibles…

– ¿Qué primeras lecturas recuerdas? ¿Eras una gran lectora de niña?

– Siempre he sido muy lectora. De muy pequeña leía, en plena pampa, en vacaciones, los libros de Celia, de Elena Fortún, que interpretaba a mi manera. Por ejemplo, cuando decía que iban a El Retiro, yo pensaba que se trataba de una estación de trenes, que se llama así en Buenos Aires. Leía a Poncela, que me hacía mucha gracia, a poetas como Gerardo Diego. La mitad de las palabras no las entendía, pero me fascinaban por su sonoridad. Luego, a los 10 años, empecé a estudiar latín y griego en el colegio, y ahí me hice fan de la tragedia griega. Por suerte me salvé de la literatura infantil. Nunca se me ocurrió que no pudiera leer absolutamente cualquier cosa. Siempre he leído de todo, sin prejuicios. Lecturas muy cultas mezcladas, por ejemplo, con Corin Tellado, o con Agatha Christie; novelas realistas, del siglo XIX, que también me encantaban.

– ¿Crees en la capacidad de los libros para transformarnos?

– Sí, claro que sí. Tanto los que lees, como los que escribes. Hay libros que te convierten en otra persona. Es como si hubieras vivido varias vidas mientras vivías esta vida más pálida que es, casi siempre, la realidad. Con la Odisea, por ejemplo, aprendí lo que es contar a través del ritmo. Con Borges, lo que es hacerlo a través de la sintaxis. Con Junot Díaz, un autor que me interesa mucho, lo que significa la piedad. Con Maeve Brennan aprendí cómo narrar la nostalgia, cómo encadenar historias. Con Bolaño, la potencia de una narración mestiza. Con Kate Chopin, cómo se puede resignificar una literatura contada siempre en masculino. Y podría seguir casi indefinidamente. Es un placer mencionarlos y recordarlos. Me fascinan, también, los libros que varían en cada lectura, como Rojo y negro, por ejemplo, o Madame Bovary. Me hacen sentir que están más vivos que yo. Creo que, en realidad, cualquier libro que te toque de verdad te transforma.

Con la Odisea aprendí lo que es contar a través del ritmo. Con Borges, lo que es hacerlo a través de la sintaxis. Con Junot Díaz, un autor que me interesa mucho, lo que significa la piedad. Con Maeve Brennan aprendí cómo narrar la nostalgia, cómo encadenar historias. Con Bolaño, la potencia de una narración mestiza. Con Kate Chopin, cómo se puede resignificar una literatura contada siempre en masculino.
– ¿Qué libro o libros recomendarías para entender el presente?

– Algunos ensayos: El orientalismo, de Edward Said, me parece un libro importante, y también, por otras razones, Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt y Sobre el mal, de Terry Eagleton. En esta línea, pero en ficción, Desgracia, de Coetzee, me parece un libro impresionante.

– ¿Cuáles son esos autores-as a los que vuelves una y otra vez?

– Vuelvo a Rulfo. Pedro Páramo es, para mi, la mejor novela escrita en castellano a lo largo del Siglo XX. Allí está casi todo lo que quiero aprender. Vuelvo a Borges, que me parece inagotable. Vuelvo a los grandes trágicos griegos, que siempre me acompañan. Vuelvo a algunos poetas, en particular a los simbolistas franceses. A Safo, que me encanta. Releo mucho, por la práctica del taller, que me obliga a buscar ejemplos en libros que ya conozco.

– ¿Hay autores que recomiendas especialmente a tus alumnos? ¿Libros que no puede dejar de leer quien quiera dedicarse a escribir?

– Mis alumnos están, me temo, un poco abrumados por la cantidad de libros que les recomiendo, hacen listas interminables y me miran con cierto escepticismo. Los obvios, sin los que un futuro escritor de cuentos no debería animarse a salir a la calle, son, por ejemplo: Borges, Salinger, Munro, Cortázar, Maupassant, Kafka, Cheever… Quien quiera escribir novela no puede dejar de leer a Dickens, por ejemplo, o a Flaubert, o a Bolaño, o a Brontë. Creo que, aunque hay un corpus común, y que es obvio, un vade mecum imprescindible, cada autor debe leer textos diferentes, que lo ayuden a construir su propia voz. Suelo recomendarles que no pierdan el tiempo comprando novedades, que investiguen un poco antes de leer porque tenemos poco tiempo y hay que elegir bien. A lo largo de la vida, y con un buen ritmo de lectura, no se leen más de 3.000 libros. No hay tiempo para más. ¡Es poquísimo!

– Sé que cuando te interesa un autor o autora lo lees absolutamente todo. ¿Eres obsesiva?

– Soy una obsesiva grave. Si encuentro un autor o autora que me gustan, cosa que reconozco que no me pasa demasiado a menudo, leo la obra completa. Si es posible, en el orden en el que fue escrita. Luego voy expandiendo la lectura como si fuera una mancha de aceite, y paso a los escritores que influyeron o rodearon a ese autor. Si pertenece a una escuela, también la leo. Si menciona otros autores, intento encontrarlos. Suelo dar los textos en el taller, con lo que se suman miradas sobre la obra, y, por fin, intento entender exactamente cuáles son los trucos de su escritura. Es como si me deslumbrara y no pudiera seguir adelante hasta no descubrir el misterio. Cuando lo logro, paso a otra cosa, no sin cierta añoranza. Por suerte, no me sucede demasiado, pero cuando encuentro a uno de estos autores-imán no puedo salir de ellos, quedo atrapada. Me pasó con Coetzee, con Alice Munro. No son muchos los que resisten una lectura con estas características sin defraudarte.

Soy una obsesiva grave. Si encuentro un autor o autora que me gustan, cosa que reconozco que no me pasa demasiado a menudo, leo la obra completa. Si es posible, en el orden en el que fue escrita. Luego voy expandiendo la lectura como si fuera una mancha de aceite, y paso a los escritores que influyeron o rodearon a ese autor.
– ¿Te gusta estar al tanto de las novedades?

– Aunque me produce un poco de culpa, reconozco que no. Leo lo que me interesa por otras muchas razones, que pueden coincidir o no con lo nuevo, y el hecho de que un libro sea una novedad no me parece un dato de importancia. En general, cuando mucha gente habla de algo, tiendo a desconfiar. Entonces espero un tiempo, y si persiste el entusiasmo, me compro el libro. Probablemente, con este criterio, me esté perdiendo muchas cosas buenas, pero es posible también que esté ganando tiempo para leer lo que realmente me gusta.

– ¿Qué te llevarías a una isla desierta?

– Me llevaría Las mil y una noches, en edición bilingüe, con la traducción de Cansinos Assens, que es la que conozco. Así tendría, a la vez, un libro familiar, para cuando eche de menos, y siempre nuevo, para cuando quiera vivir aventuras. Y, si tardan mucho en rescatarme, podría usar el abundante tiempo libre del náufrago en aprender árabe.

La muerte juega a los dados de Clara Obligado ha sido publicado por Páginas de Espuma.

Todas las fotografías fueron tomadas, en la casa de la escritora en Madrid, por Karina Beltrán © 2015

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