José María Merino

    EL PLACER DE LA TERTULIA

    Entre los recuerdos resplandecientes de la juventud están los encuentros, que podían alargarse toda una noche, en que hablaba con los amigos de literatura, de aquella novela que nos había conmovido, o de aquella otra en la que no acabábamos de ver la grandeza que algunos supuestos expertos resaltaban, o del asombroso libro de cuentos o poemas descubierto de repente entre los tomos sobados de una librería de viejo… La tertulia, a menudo peripatética, nos dejaba exhaustos e impregnados de júbilo, como debían de quedar los buscadores de oro al fin de la jornada, cuando tenían la batea llena de pepitas.
    Mi encuentro con los participantes del taller de Clara Obligado me devolvió el fulgor de aquellos momentos: un grupo de gente lectora, muy interesada en lo literario, con el gusto bien formado y cosas que decir, y encima sobre algunos textos míos.
    Al placer de debatir de literatura con conocimiento se unía la cercanía de los referentes, lo que paradójicamente siempre suscita en mí una extrañeza singular, sobre todo si son vistos con la debida distancia y buen criterio. De aquella tarde guardo un recuerdo especial por la finura de los análisis y el calor participativo. En los contertulios había la disposición de los buenos lectores que, además, conocen por experiencia la literatura en su trance de elaboración, tan lleno de iluminaciones y ocultamientos, de resistencias y entregas… Así da gusto.

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