Chus Álvarez en “El Asombrario”

Dos amigas.

En el spa y en la pista de baile. La inseguridad del cuerpo tras una operación. El apoyo de una a otra. Los hombres que pululan alrededor. Dos amigas. Nuevo relato de nuestra serie de Verano en torno al cuerpo de la mujer.

 POR CHUS ÁLVAREZ

—Te vienes, Inés, pelos o no.

La última excusa, no estar depilada, cae bajo el embate de Candela. Me ha arrinconado durante una semana, ha comprado las entradas, un dineral para ella que sobrevive de trabajos freelance y ha traído un bañador extra. Quiera o no, vamos al spa.

En el vestuario me desnudo intentando no mirarme. La falda es una vela sin viento, la blusa una mortaja tendida. Pelo tan al rape que trasluce, y cicatrices de guerra en el pecho y en el vientre. Hasta la braga del bikini me hace bolsa.

—¿Y por esos cuatro pelos tanto lío? Ni se nota, es pelusa. Ya me gustaría a mí, que tengo un rastrojo en las piernas.

Pasa la palma por mi corva y noto que me erizo. Estoy harta de que me toquen. En la clínica todo son manos: para limpiarte, para moverte, para cortar.

—Ya verás qué bien te sienta. Necesitas dar un gusto al cuerpo.

Un descanso es lo que necesito. Aún me duelen las costillas que rompieron para operar. Y se me antoja que puedo sentir dentro el hueco de los pedazos que arrancaron, como si fuese una res troceada viva.

El spa es un laberinto de suelo blanco y techos de ladrillo rojo, imitando un baño árabe. Me siento aliviada, temo la luz y los espejos, que duplican mis huesos de caña y mi carne lacerada.

—Vamos primero a la tibia, no sea que te marees.

Candela me sostiene de un brazo mientras nos hundimos en el agua. Un suspiro y me dejo flotar.

—Aquí, en el chorro, ya verás qué divertido.

Dedos de agua me acarician los picos salientes de la espalda, bajan por el relieve cubista de mi cadera y me deslizan el bikini hacia los pies. Con un quejido de protesta, sujeto un lado mientras Candela agarra el otro.

—Tirantes. Nos hemos dejado los tirantes —resopla ella. Una de sus tetas morenas flota junto a mi cara. La empujo con la punta del dedo y se aparta para volver de inmediato, como una boya amarrada.

—¡Oye, tú!

Repito el gesto. No recuerdo que las mías fueran tan duras. Candela salpica una palmada en mi trasero desnudo, reímos y acurruco mi bolsa de palillos contra su redondez: Pecho, muslos, michelines, una piscina de bolas. Ella acuna en el agua a su bebé gigante.

—A partir de aquí, todo para arriba. —me resopla en la oreja—. Ya verás. Ya verás que sí.

Más adelante, cuando me recobre, las cicatrices podrán operarse, aseguró la médico. No entiende una mierda. Lo que siento es que mi cuerpo ya no soy yo. No es una cuestión de apariencia. Se me antoja un traidor apaleado, dispuesto a volver a jugármela.

Vamos a cenar, propongo mientras nos secamos, porque de alguna forma quiero compensar a Candela y porque ahora me repele volver a casa.

—Por mí vale, ya sabes que no tengo horas.

Su vestido de algodón floreado se resiste a descender las lomas de su cintura, se le enrosca sobre la piel húmeda. Tiro y desenrollo, forzando las puntas de los dedos entre la tela y la carne. Se sacude como una nutria, intentando deslizarse dentro de la ropa. Toco la potencia de sus ancas gruesas, el pataleo de los muslos en la falda estrecha.

—Ay, carajo, este año me he saltado la operación verano —se lamenta, coloca la balconada del vestido, estira medio palmo de tela que volverá a subirse, me dispara besitos desde el espejo mientras se tiñe los labios del color de las picotas.

—Venga, tú también.

Temo que ese tono vibrante me haga parecer un payaso, o peor, un vampiro. Un cadáver reanimado. Pero obedezco. En medio de mi cara, tan flaca, la boca se hace enorme y oscura. Me da, sí, un aire gótico. Acaricio con un dedo manchado de carmín los párpados hundidos. Giro el rostro para verme por todos los lados.

—Te pareces a Twiggy —alaba Candela, acariciando la nuca de mi pelo corto. La boca extraña se me abre de la sorpresa, y sí, pienso que estoy casi bonita.

Candela y yo tenemos en común no buscar pareja y el swing. Nos conocimos en una academia y empezamos a salir en grupo a salas y clandestinos. Las demás iban y venían, traían chicos o se marchaba con ellos. Sólo Candela y yo, constantes. Ella nunca desaparecía para darse el lote, no me dejaba inventando conversación para el colega sin suerte.

—Chica, o no sales o no entras. ¿No será demasiado para una primera noche?

Le insisto, entre semana habrá poca gente. Sin agobio, uno o dos bailes, nada más.

Candela claudica con ganas, bajo la mesa los pies le bailan solos y empuja la silla hacia atrás con un simmy. A mí el paseo hasta el local me deja sin respiración.

El sitio es estrecho y en penumbra, con un escenario al fondo, una barra pequeña con mesas y una pista castigada. Solo hay dos parejas bailando, es temprano y la orquesta calienta motores con canciones clásicas. Me dejo caer en una silla de tijera. Hace demasiado calor y siento las piernas de corcho, anestesiadas.

—¿Te encuentras bien? ¿Quieres que nos marchemos?

Niego con la cabeza y me suelto botones. El sudor hace que las cicatrices piquen, y contengo la inquietud de rascarme.

—Voy a traerte un vaso de agua.

La persigo con la vista, contoneándose hacia la barra en un vaivén poderoso. Dos hombres giran la cabeza a su paso, comentan algo, se ríen. A Candela eso parece que le da igual, o que lo busca, con sus vestidos de fiesta que la fajan más que taparla. No me explico por qué sigue sin pareja.

—Toma, en cuanto estés mejor nos vamos.

Vuelvo a negar, solo necesito un respiro, un ratito sentada. Señalo a la pista, la animo a lanzarse. Yo luego me uniré a ella, enseguida.

Candela mira con deseo a los bailarines, duda. Al final, me da un beso en la sien.

—Vale, pero no te quito ojo. Si te encuentras peor, hazme un gesto.

Se aparta con pasitos comedidos, volviéndose a mirarme. Luego la música la atrapa y se arroja con una carrerita al baile. Candela no se guarda nada en la pista, sus parejas la tienen que anclar o saldría disparada. Distingo bajo sus axilas cercos de sudor. Nada le da vergüenza.

—Hola, ¿me puedo sentar?

Lo hace antes de que le conteste, a horcajadas, como un niño jugando a vaqueros. Camisa color vino, pelo teñido de negro, cejas canosas, moreno de solárium. Solo ha dejado fuera del cliché las cadenas de oro. Pone sobre la mesa un botellín de cerveza, tan frío que hay escarcha en su base.

—No sé si te acuerdas de mí, hemos coincidido un par de veces en la pista.

Subo y bajo la cabeza, insegura. Si he bailado con él no debió de ser memorable, ni por bueno ni por malo. Me cuesta separar la mirada envidiosa de su cerveza. Quiero poder beberme una copa, caminar sin cansancio, elegir la ropa sin preocuparme de si se ven o no las costuras del pecho.

—Estás con la gordita, ¿verdad? No os parecéis mucho.

Hace un gesto con el que nos envuelve a las dos. Debería enfadarme por Candela. Pero en realidad ignoro si es a ella o a mí a quien hay que defender, si se refiere a mis huesos descarnados y su vida bullente. Hay gotas de condensación en el cuello ámbar de la botella.

—¿Te traigo una? —ofrece. Ha notado mi mirada fija.

—Estoy tomando medicación. Antibióticos —miento sin necesidad. Una sonrisa falsa me tira de los labios.

—No puede ser muy grave, ya se ve que estás buenísima. Mucho más que tu amiga.

Receta de libro o mejor, instrucciones de vídeo: “Dígale a la fea que es la más guapa de las dos, se la ligará con la palanca de la envidia”. Y se la tengo. Confieso que deseo su cuerpo con más ansia de lo que ningún hombre va a desearnos a cualquiera de las dos. No imagino que alguien pueda verla bailando a brincos y pensar sólo que está gordita.

Pero por encima de la cerveza, los ojos del tipo se extrañan en mi escote. ¿Realmente le gusta esta carcasa o es todo la penumbra y su imaginación? Me estiro, me luzco bajo esa mirada de aprecio aunque sea de mentira.

Una aparición floreada deja dos tés helados sobre la mesa, con más fuerza de lo necesario.

—Hace un calor en la pista que no te tienes. Y hola, tú.

Candela se sienta de golpe, bebe con los labios apretados contra el borde del vaso. Se nos han ido muchas horas intentando deshacernos de sus admiradores, no debería tomarse tan a mal que por una vez sea yo. El té huele a hierbabuena y está muy frío. Me reanima como el agua a una planta. Mi ligue apura también su cerveza.

—Le contaba aquí a tu amiga que os tengo vistas… ¿Cómo siempre tan solitas?

—Yo la acompaño a ella y ella me acompaña a mí —replica ella, combativa. Con sus pretendientes suele ser más creativa. Que somos madre e hija. Que acabamos de salir de prisión. Que nos conocemos de un sanatorio mental.

—¿Qué tienes ahí?

El tipo me apunta con la cerveza. Me doy cuenta con asco de que se ha abierto un botón de más y me asoma uno de los costurones, como un gusano anillado.

—Una cicatriz —confieso por instinto, pillada en falta.

—Joder, y menuda. ¿Te has operado las tetas? —extiende el brazo y me cierra la blusa, sin que yo atine a separar las manos paralizadas de la mesa.

—Yo en tu lugar, me lo abría hasta el ombligo —espeta Candela. Tira de su vestido hacia abajo, arrastrando el sujetador hasta que asoma la aureola. —Si no es lo que alguno vino buscando, que se joda y mire para otro lado.

Candela tiene el pecho marcado de estrías blanquecinas; es una zona masacrada por sus avances y derrotas frente a la báscula. Se que están ahí desde siempre, es solo que hasta hoy no me había parecido importante.

—Vamos a la pista —propongo. Me siento de nuevo valiente, también con ganas de esfumarme. Candela me agarra la mano de inmediato. No quiero ni de lejos intentar esto con un desconocido, pero es descortés bailar entre chicas si quedan chicos sin pareja. Ellos no pueden bailar juntos. Nosotras sí, ya se sabe que nos conformamos con todo.

—¿Te gustaba ese tío? —acusa más que pregunta cuando nos alejamos.

—No. Nada.

Me da sonrojo confesar lo que sí me agradaba. Ella pondría el grito en el cielo; desde el día de la operación está repitiendo que estoy casi-casi como siempre. Que estoy guapísima, claro que sí.

En la pista somos un desastre. Candela intenta ser cuidadosa y le sale fatal, yo bailo a tropezones, con el equilibrio cambiado y las piernas flojas. Pero mis pies siguen solos el ritmo. Mover mi cuerpo es como coger unos patines después de años sin usarlos: la perspectiva es extraña pero los gestos siguen ahí.

—Tachaaaaan —canturrea Candela cuando la música termina. Me echo hacia atrás, desmadejada sobre su brazo ahuecado, parpadeando a los focos del techo. Estoy mareada, o borracha de baile. Me importa un bledo si la camisa se abre o no, y creo que aún me queda vida para unos bailes más.

 

 

 

 

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